ARENA (pgs 30, 31, 32, 33 y 34)
Hoy
toca reunión con las chicas en el bar de Charly. Almudena y Lucía han sido las
primeras en llegar. Dori siempre es la última, unas veces porque le toca tener
a los niños en casa, otras porque pasea al perrito de su madre y otras muchas
por razones que no consigo recordar.
- Ayer Almudena volvió a salir con
Piolín – Delató Lucía en cuanto me vio llegar.
Ese era
el apelativo que Lucía había decidido poner a un joven bohemio que Almudena
había conocido en la inauguración de la exposición de pintura de un amigo
común. El único “pero” que se le podría poner a aquel hombre es que es veinte
años menor que ella, cosa que Lucía no le perdonaba. Almudena era una mujer de
cincuenta años que aún poseía la apariencia y energía de años atrás. Desde su
divorcio, había salido con muchos hombres, la mayoría treintañeros dedicados a
alguna actividad física: moteros, futbolistas, bailarines, hubo también un
paracaidista, dos militares y un equilibrista. El tal Piolín le daba más bien
al arte y le había dedicado ya varios cuadros pintados sobre su piel. Belleza
efímera que solía sucumbir a la pasión desenfrenada que se desataba entre el
pintor y su musa.
- Pues ya sabéis – les dije - quien con niños se acuesta, “meao” se
levanta, jajaja.
- Sois unas brujas las dos. He de
confesar que tuve que invertir tiempo en mostrarle puntos y ayudarle a
desarrollar habilidades, pero ahora se ha convertido en un experto el “jodío” y
sabe aguantar y mantenerme donde a mí me gusta.
- ¡Vaya! Ya salió el lado zorril
de Almudena. Está por llegar el día en que nos digas que has disfrutado de un
plácido paseo con alguien que no te has llevado a la cama – Lucía era mucho más
hogareña. En los dos últimos años había dado con un brasileño que le llevaba el
desayuno a la cama y le dedicaba frases bonitas, pero que, a la vez, le dejaba
la visa tiritando cuando menos se lo esperaba.
- Ya veo que os habéis vuelto a
enzarzar – Era la voz de Dori, que se acercaba a la mesa mientras se
desabotonaba la chaqueta.
- No, si está bien – replicó Lucía
– cada una es libre de salir con los críos que quiera, pero que luego no venga
llorando cuando éste vaya tras una universitaria más delgada, más tersa, más
prieta y mucho más joven.
Dori se
sentó, pidió una taza de chocolate caliente y me preguntó:
- ¿Has hablado ya de tu hombre
misterioso?
Almudena
y Lucía me acorralaron.
- ¿Qué hombre? ¿Tienes un romance
y ni siquiera lo has mencionado por encima?
- No tengo ningún romance ¿Por qué
dices que hay un hombre misterioso? ¿De dónde te has sacado semejante historia?
- Uy, uy, uy – reía Dori – que
hemos dado en el clavo. Desde el momento en que lo guardas sólo para ti, es el
hombre más misterioso para nosotras.
- No he salido con nadie nuevo en
las últimas dos semanas.
- Pues parece que Jorge ha visto
otra cosa…
- ¿Se puede saber qué te ha
contado ese cotilla?
- Nada. He de reconocer que es un
perro fiel. No conseguí sacarle ningún detalle, salvo que estaba delante cuando
recibiste un mensaje suyo.
- ¡Bingo! – gritaron las otras dos
- ¡El hombre misterioso existe y además mantiene una relación a través de
internet! Ahora no tienes más remedio que cantar.
- Jamás he visto distorsionar
tanto los hechos. Se trata de un conferenciante de tres al cuarto, que va de
sobrado por la vida pensando que las mujeres somos ciudadanos de segunda. Me
tocó la fibra sensible y no pude evitar escribirle.
- ¿Y lo hiciste por correo
electrónico?
- Sí.
- ¿Y después?
- No hay después.
- ¿No habéis quedado?
- No.
- ¿Y desde cuándo te interesan las
relaciones epistolares?
- ¿Y desde cuándo tengo yo que dar
explicaciones sobre lo que digo, hago o escribo?
- Está bien, chicas - Lucía
decidió dar un cambio de rumbo abriendo la puerta de las confidencias – Creo
que ha llegado el momento de la rueda de las confesiones. Empiezas tú, Dori,
por haber sido la última en llegar. ¿Qué ha sido lo más inconfesable que te ha
ocurrido en estas dos semanas?
Dori
apuró el chocolate, se secó los labios, miró a sus amigas y comenzó – El lunes
nos citaron en el colegio a mi ex y a mí para hablar sobre nuestra hija de doce
años. Parece que tiene problemas de relación en clase. Estuvimos casi una hora
con la tutora y después nos fuimos a tomar un café para concretar algunos de
los detalles del plan que nos había diseñado la profesora. Pues bien, me las
ingenié para introducir un tanga en el bolsillo del pantalón de Felipe. Me encantaría
ver la cara de gilipollas que se le va a poner cuando lo encuentre su Barbie
pelirroja y se acerque con el tanga colgado del dedo índice, moviéndolo como un
péndulo, “Darliiing, ¿me puedes decir qué significa esto?”
- Ja, ja, ja. Eres diabólica. Un
bravo por Dori. Lucía, ahora te toca a ti.
La
dulce amada del brasileño apoyó las dos manos sobre la mesa inclinando
ligeramente su cuerpo hacia delante – El sábado pasado por la noche pillé a mi
amorcito en el salón viendo un canal porno. Estaba en plena faena, me senté en
el suelo detrás de su sillón. En su momento cumbre le dediqué un gran alarido
de hembra en celo. ¡Se llevó un susto de muerte! A mí me dio un ataque de risa
y me entró hipo. Tuve que salir corriendo antes de que tomara represalias.
- Ja, ja, ja. Tú tampoco te quedas
corta. Un bravo por Lucía. Almudena, ahora vas tú.
- Bueno, yo no le he hecho ninguna
putadita a nadie. El sábado salí con un cantante de ópera que hacía tiempo que
no veía. Estaba en la ciudad por unos días y me invitó a cenar. Luego fuimos a
su hotel y se empeñó en que cantáramos una de sus arias favoritas. Acompañados
por la música de fondo de un CD, proferimos una verbena de graves y agudos más
o menos afinados. Más por su parte y menos por la mía. Lo increíble fue entonar
los orgasmos con la música. Totalmente desinhibidos, deleitamos a nuestro
público con los más desgarradores tonos de pasión. Los aplausos no se hicieron
esperar. Unos golpes insistentes en la pared del cabecero de la cama, que debía
ser la misma pared del cabecero de otra cama donde alguien pretendía dormir.
- Ja, ja, ja. Apuesto a que a la
mañana siguiente estabas afónica. Bueno, y ahora voy yo. Siento poner fin a una
rueda de risas. Yo estoy descentrada desde que se cruzó este hombre en mi vida.
Se llama Andreu y me produce rechazo y atracción a la vez. Muchas ideas asaltan
mi cabeza, me sorprendo pensando en él en los momentos más inesperados. Busco
una razón para seguir y una razón para no seguir. No estoy disfrutando, pero si
no continuo la desazón es mayor. Tampoco estoy segura de ser lo suficientemente
fuerte para abordar esta historia, aunque sé que cuento con vosotras para
recoger los pedacitos de un corazón roto, si llegara el caso.
- Se acabaron los dramatismos –
zanjó Almudena – un poco de internet puede ser lo más real o lo más irreal que
uno quiera mostrar. Tienes el botón de guardar y también el de eliminar, no lo
olvides, y, por supuesto, nos tienes a nosotras para apoyarte y para dar su
merecido a ese Andreu, y algo me dice que disfrutaríamos haciéndolo. ¡Venga un
abrazo!
Unas
horas después, estaba a solas frente al ordenador.