domingo, 6 de noviembre de 2016

ANDREU (pgs 4, 5 y 6)

Me llamo Andreu Termidor. Tengo 38 años. Nací en Palma.
Desde que soy mayor de edad, y pude elegir, vivo en Madrid. Fue por la cosa del idioma. Me identifico más con el de aquí. Y mi nombre es Andreu porque así me lo pusieron. ¡Qué es un nombre sino un primer paso hacia la individualidad! Ellos, mis padres, me encaminaron, y yo, Andreu, me encargué de desandar.
Cuando de pequeño decía que quería ser piloto, se les iluminaba la cara. Pero al empezar la mía a tomar cuerpo, me di cuenta de que nunca cumpliría con mi vocación. No soy guapo, y yo no me imagino a un piloto sin pelo moreno rizado, ojos grandes cautivadores, sonrisa de dientes perfectos y olor a piloto. Carezco de todo eso por lo que, en consecuencia, otro será mi destino. Pienso en futuro porque creo que mi destino está aún por llegar. De momento solo estoy haciendo transbordo.
No soy guapo pero tengo mi público. Desconozco la razón, supongo que porque, en el fondo, nunca me ha preocupado saberla. Me basta con repasar mi vida y constatar que nunca me ha faltado una mujer enamorada.
Tampoco poseo estudios universitarios. Al venirme a Madrid me tuve que poner a trabajar para poder pagarme comida y cama. Carecía de los tíos que habitualmente la mayoría de los jóvenes tienen en la capital. Los míos vivían en Barcelona, pero para ese cambio no habría abandonado el hospedaje paterno. En Barcelona se habla catalán y yo me identifico más con…¡Ah, ya lo he dicho!
Pero el que no tenga una carrera no significa que sea un patán. He leído mucho. Y no solo novelas. Por leer, he leído hasta poesía. En mis ratos libres empecé a escribir un ensayo sobre las bondades del franquismo y el comunismo. Es sorprendente la cantidad de similitudes entre ambos. Todavía continúo con él, aunque de forma más espaciada. He desplazado mis intereses hacia un campo distinto al de la política. Ahora investigo sobre la sexualidad.
Es probable que el empezar a trabajar como dependiente en un sex shop, hace ya casi cinco años, fuese lo que estimulase mi interés por el tema. Hasta entonces, la sexualidad era un mero medio de alcanzar objetivos más trascendentes. Pero, poco a poco, me fui dando cuenta de que es la sexualidad la trascendente y los objetivos, simplemente, medios.
Lo de dar conferencias sobre el tema no recuerdo bien cómo empezó. Me imagino que tuvo que ver con el éxito de mi blog. Alguien que conocía a alguien me contactó. ¿O fue alguien que conocía a alguien quien me dijo que le contactase? De lo que casi estoy seguro es de que fue cosa del blog, porque en la tienda me limito a despachar con cara de descerebrado. No, jamás hubiese dado el look (chapurreo el inglés) de piloto.
A Javier, mi jefe, el dueño del sex shop, lo de las conferencias, le pareció muy buena idea para el negocio. Él las escribe y yo las doy. Dice que tiene mejor coco que yo, y, como es mi jefe, no le voy a llevar la contraria.
Hoy, al abrir mi correo electrónico, después de cuatro días sin mirarlo, me encuentro con el de una tipa que no conozco. Y, puestos a desconocer, ignoro cómo ha conseguido la dirección. ¡Qué más da! El caso es que lo tiene y se permite darme un chorreo por el simple derecho de haber asistido a mi conferencia. ¡Señora, que era gratis! ¡Que nadie le obligaba a ir, y menos a quedarse, si le molestaba lo que estaba escuchando! Estas feministas me sacan de quicio. Dice que no lo es pero se le nota a la legua. Me gusta esta expresión. La aprendí de mi madre. Es a la legua, no a la lengua, eh.
Podría pasar de ella pero no quiero que piense que me ha acojonado. Si ella tiene derecho a atacarme, yo lo tengo a defenderme. Y lo voy a hacer. ¡Vaya si lo voy a hacer!

Le diré a Javier que me escriba la respuesta. La verdad es que el tío tiene un punto, y quiero asegurarme de que entre los dos le damos un buen revolcón a esta mujer. Formamos un buen equipo: él escribe y yo doy la cara. No es que yo no me sienta capaz de darle réplica a esta tía lista, sino que quiero asegurarme de que reciba su merecido.

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