sábado, 12 de noviembre de 2016

ARENA (pgs 10 y 11)

Me gustan las mañanas de domingo. Me despierta la saciedad de sueño, la luz que se filtra por las rendijas de la contraventana, los sonidos de la ciudad que amanece y, muy especialmente, el olor del café recién hecho. Vivo sola, lo que me reporta muchas ventajas, la casa está tan ordenada o desordenada como se me antoja, ningún objeto cambia inesperadamente de su sitio y no tengo que negociar los cambios de canal en la tele, el volumen de la música o el turno en la ducha. Sin embargo, renunciar al aroma del café penetrando mis sentidos mientras aún estoy adormecida ha sido una de las cosas más difíciles de mi nueva vida, hasta que vi el pequeño programador que utilizaba mi vecina para controlar la iluminación de su acuario de peces tropicales. ¡Todo un descubrimiento! Me hice con uno que acoplé a mi vieja cafetera y desde entonces el apartamento se convirtió en mi hogar.

La segunda taza de café la tomo frente al ordenador, ojeo los titulares de la prensa on-line y reviso mi correo, algo de publicidad, tres nuevos comentarios en mi blog y… ¡la contestación a mi correo del jueves! Ya no esperaba su respuesta, pero sí, ahí estaba y qué respuesta. Echaba humo, quemaba toda ella. Borbotones de energía descontrolada se agolpaban entre las letras pidiendo a gritos ser liberados. Un estilo grosero era el hilo conductor del mensaje que tenía frente a mí. Aunque totalmente desacertado en el contenido y en la forma, apreciaba que hubiera dedicado su tiempo a considerar mis palabras y dedicarme su contestación. Había una cosa que me llamaba poderosamente la atención, su reconocida victoria al miedo dejaba traslucir un profundo sufrimiento anterior. El miedo como reto superado, la ausencia de miedo como elemento disparador y motivador de su respuesta. Decidí contestarle.


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