lunes, 28 de noviembre de 2016

ANDREU (pg 21)

Acabo de darle a enviar y, nada más hacerlo, me he arrepentido. ¿Qué hago yo confraternizando con una tía que se metió en mi vida atacándome? He vuelto a leer lo que he enviado y no me he reconocido: parezco un títere. Es el problema de darle tanta libertad a Javier en las respuestas. A veces es brillante, pero otras es súper blando. Ya está hecho, no tiene remedio. Cuando conteste, porque contestará, de ello no tengo la menor duda, debo darle un corte. Ya se sabe como son las mujeres: si les muestras el más mínimo signo de sensibilidad, la has cagado.
¿Un okupa pestilente? ¡Seré maricón!
¿Desea saborear mi fruta? ¡Más maricón todavía!
“Me va a permitir que disienta…” ¡No, coño, no! ¡Pero qué gilipolleces dices, tía!...Que se sepa quién manda.
¡Menos mal que me he despedido como un hombre!

JAVIER


Redactar correos con Andreu pegado a tu chepa es agotador. ¡Impresionante la tal Arena! Menuda lección de elegancia nos ha dado, y hablo en plural porque soy responsable subsidiario de las respuestas. Parece una tía super interesante, y debe tener un coco magnífico. La redacción de esta última respuesta a Arena ha sido una batalla campal. En algún momento hemos llegado a alzar la voz más de lo normal. Al final he conseguido llevarme el gato al agua, aunque me he quedado agotado. Creo que hemos enviado una respuesta a su altura. Me encantará leer lo que nos contesta. Mira por donde, esta ayuda a Andreu que presté porque no me pude negar, va a resultar una experiencia muy enriquecedora.

viernes, 25 de noviembre de 2016

MAIL ANDREU (pgs 17, 18, 19 y 20)

Arena:

No deja usted de sorprenderme.
Me sorprendió con su correo crítico, y me sorprende ahora con este segundo que no sabría cómo calificar.
Cuando esperaba una retahíla de insultos me encuentro con que usted me hace confidencias sobre los miedos de su vida. Es cierto que, más adelante, expresa su disconformidad con el tono de mi correo, pero de forma elegante y nada insistente. Admito que me ha descolocado. Tengo la obligación moral de compensar mi agresividad anterior de alguna forma que no sé muy bien cuál es. Lo primero que se me ocurre es abrir una vía de comunicación a los sentimientos de los que me ha hecho partícipe.
Pero antes de ello me gustaría plantearle una inquietud. Dice usted en su correo que no somos del todo desconocidos. ¿Es una forma de hablar o un hecho? ¿Se refiere a que por cruzar dos correos las personas ya se conocen o realmente nos conocíamos antes? Es posible que se pregunte qué importancia tiene, pero para mí tiene mucha: no hablaría igual a una desconocida que a una mujer que me conociese.
De momento la seguiré tratando como desconocida, pero sí le agradecería que me sacase de mi error si no es así.
El miedo al que he vencido es el referente a las acusaciones anónimas sin fundamento. Pero evitemos el volver a enzarzarnos en una nueva discusión. Lo que sí quiero asegurarle es que no soy inmune a cualquier miedo. El miedo es la enfermedad de toda mente sana. La puerta hacia la pérdida del equilibrio.
Usted me habla de miedo a ser señalada como diferente, a los seres vivos que nos repugnan por piel, al dolor físico de la penetración no deseada y a los ángeles oscuros que habitan las camas.
Usted me habla de cuando el miedo se hace mayor de edad y deja de ser temor para convertirse en culpa. Del descubrimiento de pieles repugnantes entre cueros, sotanas y autoridades consanguíneas por la gracia divina. Del polvo somos y no nos moriremos echándolo. De los que se van cuando todavía tenían mucho por llegar. Y del que nunca nos abandona: el del otro lado de la cama.
Yo le hablo de un solo miedo: el miedo a enamorarme.
En su defensa ante el miedo ha recurrido a la mentira a lo largo de su existencia, y nadie se ha librado de ella empezando por usted misma. Cuando le hablo del miedo a enamorarme, le hablo del miedo a mentirme, del miedo a inventarme la vida. Porque lo que usted hacía, bajo el pretexto del amor, era pintar un vergel en un erial. Renunciar a todo por nada. Pagar las consecuencias de un error entregando cheques de viaje a la felicidad.
Voy contestando a su correo según leo, y ha llegado el momento de enfrentarme a mi grosería. He intentado releer mi correo y, a duras penas, he conseguido hacerlo. Un sentimiento de vergüenza se ha instalado en mí como si fuera el okupa de trenzas grasientas y pies negros.
“Permítame estar en desacuerdo con el estilo grosero de su carta”. No dice más…y tampoco menos. Las trenzas se me enredan en los espejos que evito para no teñirlos de rojo y los pies reciben orines mal dirigidos. Me veo y siento guarro. “Permítame estar en desacuerdo con el estilo grosero de su carta”. Permítame usted a mí llamar a su puerta en lugar de derribarla. No soy de flores, ni tampoco sabría dónde enviarlas. Sirva este correo de sustitutivo de celofanes y lazos de tela. Porque no sé si se ha apercibido, Arena de Mar, de que los ramos son los trajes de fiesta de las flores. Y las flores así enviadas, no son nunca más flores sino palabras de olor.
Ahora bien, no admitiré haber hecho concesión alguna en mi airada respuesta: lo cortés no quita lo valiente.
Y también, debe reconocer conmigo que tiene usted una manera un tanto personal de buscar empatía… ¡Por Dios, por Dios!
¿Desea saborear mi fruta? Hagámoslo, procuraré dar respuesta a las preguntas que se hace en voz alta.
¿Competición entre sexo y amor? Por supuesto, desde el momento que los moralistas expulsaron al sexo del Paraíso. Entonces no sabían que estaban decorando a su rival, el Infierno, con cortinas muy sugerentes. Entre un lugar de muchachas paliduchas transparentes y otro de guarrillas con agujeros en las medias, muchos no tendremos la más mínima duda sobre en cual establecernos.
¿En qué aspectos puede adelantar el uno al otro? El sexo tiene ventaja, porque no tiene problemas en adelantar en prohibido.
¿En qué grado divergen o convergen? En todos, pues son una circunferencia de 360º a la que someten a tensión continua, por lo que nunca puede ser perfecta. El sexo pretende convertirla en elipse vaginal o paralelepípedo  macho, mientras el amor se empeña en dibujar un corazón a partir de los pliegues de un cerebro. No se enteran de que, si les diesen libertad, el amor y el sexo se desplazarían por la línea de esa circunferencia, encontrándose y separándose sin traumas ni culpas.
Me va a permitir que disienta, Arena. El amor que recibe el niño cuando nace, no es el amor real. Éste último no existe sin el sexo. Tenemos un serio problema conceptual al utilizar el mismo término para diferentes conceptos, y es por ello que se recurre a los adjetivos para tratar de desenredar la confusión creada. ¿Pero a usted le valdría que El Amor fuese simplemente el amor sexual? A mí, desde luego, no.
Y en cuanto a su afirmación de que en la adolescencia aparece el sexo, me veo obligado a añadir: porque no le han permitido existir como menor de edad. El sexo es el único ser vivo que nace viejo. Más bien: que se le bautiza de viejo. Porque el sexo está desde el onanismo de un bebé hasta la medición del tamaño de los pechos de una púber, pasando por las risas nerviosas al verle al otro “la cosita”.
El amor ciego yo lo redefiniría como el amor vendado. ¡No veas el sexo, no sea que te vaya a gustar más!
Entonces, según su última conclusión, la vida es como decía mi madre: la consecuencia de la elección de compañías. Las hay buenas y las hay malas. El destino es solo el resultado de a quiénes eliges. Según donde compres, así será el género.
He de concluir. Debo salir.
Adiós.

Andreu
               

                    16 de abril de 2012


martes, 22 de noviembre de 2016

ANDREU (pgs 15 y 16)

No soy de los que odia los lunes. En eso soy un hombre atípico. Puestos a odiar, un día es inocente, la culpabilidad debería recaer sobre quiénes le cargaron con la responsabilidad de abrir la semana.
Tampoco exprimo los fines de semana con desesperación. Más bien les dejo fluir entre rutinas y lugares habituales. Algo de comer, algo de beber, algo de follar y mucho fútbol.
Por ejemplo:
1.- Algo de comer
La tortilla de Betanzos. Una tortilla huevona, sobre un lecho de yema, que se deshace en la boca. De patatas, sin más aditamentos, cortadas en finas láminas redondas.
Ocurrió el sábado por la noche.
2.- Algo de beber
Una copita de vino oloroso. Casi era un dedal. Para una mano gigante, pero un dedal. Mano de labriego de los de antes, acostumbrada a destripar terrones. Cristalería de la abuela de alguien. Sonaba un clavicordio en un i-pad.
Ocurrió el domingo por la tarde.
3.- Algo de follar
Con las luces del alba. Cuando los ojos se resisten a abrirse y la erección engaña. Acallando las voces para no despertar a los de habitaciones próximas. Cansado de descanso. Aturdido por no encontrar definiciones ni a lo que haces ni a lo que sientes.
Ocurrió el domingo por la mañana.
4.- Mucho fútbol.
El Madrid gana. No lo ves por temor a que pierda con uno de los últimos.
El Barca gana. No ceden. Les odias.
El Mallorca… ¿Qué hizo el Mallorca?
Ocurrió continuamente. Y sigue ocurriendo, porque un partido de fútbol va más allá de su tiempo reglamentario.
De nuevo, he dejado pasar días sin abrir el correo. Y eso que debo reconocer que tengo curiosidad por saber el efecto de mi réplica a la tal Arena. Me extrañaría que hubiese permanecido callada. Este tipo de mujeres no admite que un hombre pueda quedar sobre ella. Seguro que me ha puesto cual cagada de paloma. Es posible que me extralimitase en mi respuesta (la respuesta es mía y me pertenece, porque sale de mi correo aunque la escriba Javier), pero ya está bien de aguantar ataques por el mero hecho de haber nacido hombre. Antes éramos los reyes del mambo, ahora delincuentes sin presunción de inocencia.

Lo sorprendente es que ha tenido presencia en mi cabeza a lo largo de estos días. Repentinamente me sentía cabreado con el mundo hasta que me daba cuenta de que ella era la causante de mi malestar. Tiene gracia que una desconocida me esté amargando la vida. Está bien, es hora de buscar un nuevo correo que me dé razones concretas para odiarla. Y si piensa que voy a quedar callado está pero que muy equivocada.


lunes, 14 de noviembre de 2016

MAIL ARENA (pgs 12, 13 y 14)

Estimado señor Termidor:
Agradezco la atención que ha dedicado a mi correo aun a sabiendas de la distancia que separa nuestra respectiva visión de la mujer. Si bien es cierto que Arena es mi sobrenombre, no lo es tanto el que seamos del todo desconocidos. Permítame por ello que no me considere un alma anónima, sino alguien que desde la lejanía comparte con usted el aquí y ahora que hemos elegido vivir.
Ha vencido usted al miedo. Yo, sin embargo, he mantenido el miedo vivo a lo largo de toda mi vida. Temor a que me castigaran de niña en el colegio, terror a las culebras que guardaba mi hermano en un bote de cristal, pavor a las inyecciones que todo lo curaban y pánico a quedarme sola por la noche en mi cuarto. Cuando crecí, maduró conmigo el miedo evolucionando paralelo a mí. El temor en el colegio se reubicó en la universidad y posteriormente en el trabajo, alimentado por un jefe siempre colérico, un presupuesto inalcanzable y la sombra del paro acechando en el exterior. El terror a las culebras pasó a focalizar otros seres más tangiblemente peligrosos, como los motoristas en los pasos de cebra, los curas en el confesionario y mi padre, siempre mi padre, con la tabla de sus diez mandamientos en la mano. El pavor a las inyecciones cambió al pánico por sufrir un cáncer como el que acababa de arrebatar la vida de uno de mis mejores amigos. Ausencia, dolor, tristeza. Y de nuevo pánico a quedarme sola por la noche en mi cama.
Es usted franco. Yo, sin embargo, he mentido en muchas ocasiones a lo largo de mi vida. Inventé excusas de niña para que no me castigaran, falsifiqué la firma de mi padre para justificar un día de ausencia en el instituto, feliz día de libertad en el que conocí un hombre, o más bien un muchacho torpe en el sexo pero generoso de amor. He fingido orgasmos, burlado normas, enredado historias, liado vidas. Armas de lucha válidas para sobrevivir en mi selva. No me enorgullezco de ello, pero tampoco me arrepiento de ninguna, salvo de haberme mentido a mí misma. Me mentí cuando decidí que mi vocación era estudiar Derecho, cuando me repetía que la dedicación a mi familia sustituía todos mis placeres anteriores, bailar hasta el amanecer, acudir a la tertulia de los jueves, sudar en el gimnasio, llorar en el cine, soñar con un libro. Y sobre todo, me mentí cuando insistía en que era feliz junto al hombre que nunca debería haber existido para mí.
Permítame estar en desacuerdo con el estilo grosero de su carta. Mucho podríamos debatir sobre su contenido, porque las visiones externas siempre nos enriquecen en una u otra dirección, amén del placer que produce saborear argumentos y contra argumentos condimentados con gotas de adrenalina y concesión. Me he sentido directamente atacada y, por qué no reconocerlo, incomprendida. Entiendo su reacción ante las palabras de mi anterior mensaje. ¿Qué podía esperar de usted tras mi ataque? Buscaba empatía, pero ofrecí un fruto envuelto en piel amarga.
Librada de su corteza la fruta que hoy he recibido, encuentro en sus palabras una idea que intuyo de interés: “La sexualidad, hoy en día, ha adelantado al amor. No reniego del amor, solo lo resitúo”. ¿Existe una competición entre sexo y amor? ¿En qué aspectos uno puede adelantar al otro? ¿En qué grado divergen o convergen? Cuando el niño nace recibe amor, y éste sigue siendo el elemento fundamental que alimenta su equilibrio emocional, autoestima y habilidad social durante largos años. En la adolescencia aparece el sexo ofreciendo una bifurcación en el camino. Es entonces cuando muchos se mueven respondiendo a impulsos sexuales y otros muchos se mueven gobernados por el amor ciego. Las reglas de la sociedad ponen algunos semáforos y señales de stop y ceda el paso. En las encrucijadas de amor y sexo, las personas caen en el enamoramiento y, si están en edad propicia, formalizan una unión pasando por la iglesia o el ayuntamiento. Al final, cada ser adulto termina forjándose según los distintos viajeros que se ha topado en su camino.

Arena de Mar

11 de Abril de 2012




Correo enviado. Estoy tranquila pese a que se me ha hecho tarde. Subo el volumen de la música,  cierro el ordenador y dejo correr el agua de la ducha mientras selecciono una camiseta y una falda del armario. El agua está caliente, me agrada su golpe en el cuerpo, el aroma del gel invade el recinto, lo extiendo suavemente con la mano pasando por cada hendidura. A la cabellera le reservo una dosis especial de acondicionador que la deja sedosa y brillante. Canto con la música, disfruto haciéndolo. Descuelgo el difusor de la ducha y lo utilizo a modo de micrófono, interpreto un solo magnífico, el rock siempre me ha gustado bajo el agua. Sigo utilizando el difusor para aclararme y siento bajo su paso el dulce roce de la lluvia caliente. Cuando llega a mi intimidad paro y me recreo con las sensaciones que despierta. Cierro los ojos, el canto se vuelve gemido.


sábado, 12 de noviembre de 2016

ARENA (pgs 10 y 11)

Me gustan las mañanas de domingo. Me despierta la saciedad de sueño, la luz que se filtra por las rendijas de la contraventana, los sonidos de la ciudad que amanece y, muy especialmente, el olor del café recién hecho. Vivo sola, lo que me reporta muchas ventajas, la casa está tan ordenada o desordenada como se me antoja, ningún objeto cambia inesperadamente de su sitio y no tengo que negociar los cambios de canal en la tele, el volumen de la música o el turno en la ducha. Sin embargo, renunciar al aroma del café penetrando mis sentidos mientras aún estoy adormecida ha sido una de las cosas más difíciles de mi nueva vida, hasta que vi el pequeño programador que utilizaba mi vecina para controlar la iluminación de su acuario de peces tropicales. ¡Todo un descubrimiento! Me hice con uno que acoplé a mi vieja cafetera y desde entonces el apartamento se convirtió en mi hogar.

La segunda taza de café la tomo frente al ordenador, ojeo los titulares de la prensa on-line y reviso mi correo, algo de publicidad, tres nuevos comentarios en mi blog y… ¡la contestación a mi correo del jueves! Ya no esperaba su respuesta, pero sí, ahí estaba y qué respuesta. Echaba humo, quemaba toda ella. Borbotones de energía descontrolada se agolpaban entre las letras pidiendo a gritos ser liberados. Un estilo grosero era el hilo conductor del mensaje que tenía frente a mí. Aunque totalmente desacertado en el contenido y en la forma, apreciaba que hubiera dedicado su tiempo a considerar mis palabras y dedicarme su contestación. Había una cosa que me llamaba poderosamente la atención, su reconocida victoria al miedo dejaba traslucir un profundo sufrimiento anterior. El miedo como reto superado, la ausencia de miedo como elemento disparador y motivador de su respuesta. Decidí contestarle.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

MAIL ANDREU (pgs 7, 8 y 9)

Estimada Doña Arena:
Me deja usted alucinado. O más que usted, a la que no tengo el placer de conocer, su correo.
Espero que no se tome a mal el que ejerza mi derecho de réplica.
No acostumbro a responder anónimos, pues, admitirá conmigo, que Arena y nada es lo mismo. Sin embargo, no me da usted miedo. Llevo veinte años cerrándole la puerta al miedo cuando apago las luces de mi cuarto.
Contesto.
Perpleja se puede quedar, indignada no. Yo no he asaltado su dignidad sino su ideología feminista, que, aunque no milite, ejerce.
No acostumbro a decir cosas que no piense, especialmente si voy a tener una intervención pública llena de buitres esperando devorarme.
Lo de que la sexualidad de la mujer está al servicio de la reproducción no me lo he inventado yo, ha sido confirmado por la Antropología.
Si usted quiere tortillear con quien le salga de allí abajo, es libre de hacerlo, pero no a costa de castrar la libertad de opinión. Porque aquí la única que ha castrado ha sido usted. La identidad sexual de la mujer está más que demostrada a través de su fisiología: Si tiene un hueco es para llenarlo.
Sigo.
Soy un hombre de mi tiempo, pero eso no significa que tenga que tragar con la propaganda de los que se hacen llamar progresistas. Si progreso significa sustituir a la madre por un tubo de ensayo, yo me cago en el progreso.
De la unión de la familia no he hablado. En este momento necesitamos habitantes jóvenes, no familias. La madre está por encima de la esposa. Y le digo más: La sexualidad, hoy en día, ha adelantado al amor. No reniego del amor, solo lo resitúo.
Que la mujer no necesita protección lo dirá usted. La mujer la necesita y le gusta. Puede que lo niegue, pero gustarle le gusta.
No necesito cerrar ningún ojo para ver. Veo claro y sin problemas. Veo el cuerpo de la mujer como el de un ser humano, pero no veo que no sea diferente al del hombre. Veo que los records de atletismo son mejores los masculinos. Veo que hay muy pocos deportes de fortaleza física, por no decir ninguno, en el que se enfrenten hombres contra mujeres.
Y en cuanto a los sentimientos, la diferencia es menos apreciable pero también existe. Empezando por el de maternidad al que usted aludía. No digo nada respecto a la diferente forma de vivir la sexualidad.
Sus ejemplos pueden ser válidos, aunque insuficientes. La demostración de una afirmación no debe dejar puntos oscuros.
La publicidad que se hace al final de su correo le recomiendo que la reserve para una página de encuentros, pues a mí no me interesa en absoluto cómo folla y con quién.

Andreu Termidor

                 10 de abril de 2012


Javier se sentía incómodo. Había accedido a contestar por Andreu el mail de la mujer que se molestó por lo que dijo en una conferencia. En estricta justicia, tenía derecho a sustituirle, pues él era el padre de lo que decía Andreu en las charlas, aunque a saber lo que habría podido añadir de su propia cosecha. Lo que tenía mucho menos defensa era el estilo grosero que le obligó a adoptar y que no le quedó más remedio pues, si no, se habría eternizado el desacuerdo durante horas sin que pudiera salir el correo. Total, a él qué más le daba, No conocía a esa mujer y su papel era de simple mensajero. Si bien, lo de “tortillear” era una pasada que no venía a cuento…pero se empeñó y no hubo forma de apearle del burro. ¡Este Andreu no tiene remedio! ¡Se convierte en un troglodita en cuanto se relaciona con una mujer más allá de lo cotidiano!

domingo, 6 de noviembre de 2016

ANDREU (pgs 4, 5 y 6)

Me llamo Andreu Termidor. Tengo 38 años. Nací en Palma.
Desde que soy mayor de edad, y pude elegir, vivo en Madrid. Fue por la cosa del idioma. Me identifico más con el de aquí. Y mi nombre es Andreu porque así me lo pusieron. ¡Qué es un nombre sino un primer paso hacia la individualidad! Ellos, mis padres, me encaminaron, y yo, Andreu, me encargué de desandar.
Cuando de pequeño decía que quería ser piloto, se les iluminaba la cara. Pero al empezar la mía a tomar cuerpo, me di cuenta de que nunca cumpliría con mi vocación. No soy guapo, y yo no me imagino a un piloto sin pelo moreno rizado, ojos grandes cautivadores, sonrisa de dientes perfectos y olor a piloto. Carezco de todo eso por lo que, en consecuencia, otro será mi destino. Pienso en futuro porque creo que mi destino está aún por llegar. De momento solo estoy haciendo transbordo.
No soy guapo pero tengo mi público. Desconozco la razón, supongo que porque, en el fondo, nunca me ha preocupado saberla. Me basta con repasar mi vida y constatar que nunca me ha faltado una mujer enamorada.
Tampoco poseo estudios universitarios. Al venirme a Madrid me tuve que poner a trabajar para poder pagarme comida y cama. Carecía de los tíos que habitualmente la mayoría de los jóvenes tienen en la capital. Los míos vivían en Barcelona, pero para ese cambio no habría abandonado el hospedaje paterno. En Barcelona se habla catalán y yo me identifico más con…¡Ah, ya lo he dicho!
Pero el que no tenga una carrera no significa que sea un patán. He leído mucho. Y no solo novelas. Por leer, he leído hasta poesía. En mis ratos libres empecé a escribir un ensayo sobre las bondades del franquismo y el comunismo. Es sorprendente la cantidad de similitudes entre ambos. Todavía continúo con él, aunque de forma más espaciada. He desplazado mis intereses hacia un campo distinto al de la política. Ahora investigo sobre la sexualidad.
Es probable que el empezar a trabajar como dependiente en un sex shop, hace ya casi cinco años, fuese lo que estimulase mi interés por el tema. Hasta entonces, la sexualidad era un mero medio de alcanzar objetivos más trascendentes. Pero, poco a poco, me fui dando cuenta de que es la sexualidad la trascendente y los objetivos, simplemente, medios.
Lo de dar conferencias sobre el tema no recuerdo bien cómo empezó. Me imagino que tuvo que ver con el éxito de mi blog. Alguien que conocía a alguien me contactó. ¿O fue alguien que conocía a alguien quien me dijo que le contactase? De lo que casi estoy seguro es de que fue cosa del blog, porque en la tienda me limito a despachar con cara de descerebrado. No, jamás hubiese dado el look (chapurreo el inglés) de piloto.
A Javier, mi jefe, el dueño del sex shop, lo de las conferencias, le pareció muy buena idea para el negocio. Él las escribe y yo las doy. Dice que tiene mejor coco que yo, y, como es mi jefe, no le voy a llevar la contraria.
Hoy, al abrir mi correo electrónico, después de cuatro días sin mirarlo, me encuentro con el de una tipa que no conozco. Y, puestos a desconocer, ignoro cómo ha conseguido la dirección. ¡Qué más da! El caso es que lo tiene y se permite darme un chorreo por el simple derecho de haber asistido a mi conferencia. ¡Señora, que era gratis! ¡Que nadie le obligaba a ir, y menos a quedarse, si le molestaba lo que estaba escuchando! Estas feministas me sacan de quicio. Dice que no lo es pero se le nota a la legua. Me gusta esta expresión. La aprendí de mi madre. Es a la legua, no a la lengua, eh.
Podría pasar de ella pero no quiero que piense que me ha acojonado. Si ella tiene derecho a atacarme, yo lo tengo a defenderme. Y lo voy a hacer. ¡Vaya si lo voy a hacer!

Le diré a Javier que me escriba la respuesta. La verdad es que el tío tiene un punto, y quiero asegurarme de que entre los dos le damos un buen revolcón a esta mujer. Formamos un buen equipo: él escribe y yo doy la cara. No es que yo no me sienta capaz de darle réplica a esta tía lista, sino que quiero asegurarme de que reciba su merecido.

jueves, 3 de noviembre de 2016

MAIL ARENA (pgs 2 y 3)

Buenos días,

Me dirijo a usted perpleja e indignada por sus palabras en la conferencia de ayer. ¿Realmente piensa usted que la sexualidad de la mujer está al servicio de la reproducción? Disto mucho de pertenecer a un movimiento feminista, he sufrido en mis carnes el modelado cultural mojigato-religioso de mis mayores y estoy cansada de que personas como usted, con el estandarte de la verdad en la mano, castren a las mujeres despojándolas de su identidad sexual.

No voy a entrar en la discusión sobre la maternidad, que considero un don supremo, ni en la lucha por crear y mantener la unión de la familia, prioridad por la que cada mujer ha luchado a lo largo de la historia. Lo que pretendo, y por eso me dirijo a usted, es que no utilice esos argumentos para crear una jaula dorada destinada a albergar a un ser que no necesita el proteccionismo de nadie.
Le pido que cierre un momento los ojos. Mire con ellos los de una mujer. Obsérvese. Obsérvela. ¿Qué ve de diferente? ¿Acaso sus huesos están hechos con otro material? ¿Sus músculos no sirven para mover su cuerpo al igual que el de usted? Mírela más adentro. ¿Son sus sentimientos de libertad, felicidad, sensibilidad distintos de los suyos?

Quiero decirle que yo, como mujer, me considero la única dueña de todo mi cuerpo y de toda mi mente, sin resquicios. Estoy en la vida para cumplir mi misión, como cada ser en esta tierra, y lo hago desde la generosidad, la entrega y la pasión. Doy gracias a la naturaleza que me ha dado la capacidad de disfrutar el éxtasis sexual y compartirlo con otros seres consiguiendo la más alta cota de fusión, amor y libertad.

Reciba un cordial saludo,

Arena


6 de abril de 2012