lunes, 14 de noviembre de 2016

MAIL ARENA (pgs 12, 13 y 14)

Estimado señor Termidor:
Agradezco la atención que ha dedicado a mi correo aun a sabiendas de la distancia que separa nuestra respectiva visión de la mujer. Si bien es cierto que Arena es mi sobrenombre, no lo es tanto el que seamos del todo desconocidos. Permítame por ello que no me considere un alma anónima, sino alguien que desde la lejanía comparte con usted el aquí y ahora que hemos elegido vivir.
Ha vencido usted al miedo. Yo, sin embargo, he mantenido el miedo vivo a lo largo de toda mi vida. Temor a que me castigaran de niña en el colegio, terror a las culebras que guardaba mi hermano en un bote de cristal, pavor a las inyecciones que todo lo curaban y pánico a quedarme sola por la noche en mi cuarto. Cuando crecí, maduró conmigo el miedo evolucionando paralelo a mí. El temor en el colegio se reubicó en la universidad y posteriormente en el trabajo, alimentado por un jefe siempre colérico, un presupuesto inalcanzable y la sombra del paro acechando en el exterior. El terror a las culebras pasó a focalizar otros seres más tangiblemente peligrosos, como los motoristas en los pasos de cebra, los curas en el confesionario y mi padre, siempre mi padre, con la tabla de sus diez mandamientos en la mano. El pavor a las inyecciones cambió al pánico por sufrir un cáncer como el que acababa de arrebatar la vida de uno de mis mejores amigos. Ausencia, dolor, tristeza. Y de nuevo pánico a quedarme sola por la noche en mi cama.
Es usted franco. Yo, sin embargo, he mentido en muchas ocasiones a lo largo de mi vida. Inventé excusas de niña para que no me castigaran, falsifiqué la firma de mi padre para justificar un día de ausencia en el instituto, feliz día de libertad en el que conocí un hombre, o más bien un muchacho torpe en el sexo pero generoso de amor. He fingido orgasmos, burlado normas, enredado historias, liado vidas. Armas de lucha válidas para sobrevivir en mi selva. No me enorgullezco de ello, pero tampoco me arrepiento de ninguna, salvo de haberme mentido a mí misma. Me mentí cuando decidí que mi vocación era estudiar Derecho, cuando me repetía que la dedicación a mi familia sustituía todos mis placeres anteriores, bailar hasta el amanecer, acudir a la tertulia de los jueves, sudar en el gimnasio, llorar en el cine, soñar con un libro. Y sobre todo, me mentí cuando insistía en que era feliz junto al hombre que nunca debería haber existido para mí.
Permítame estar en desacuerdo con el estilo grosero de su carta. Mucho podríamos debatir sobre su contenido, porque las visiones externas siempre nos enriquecen en una u otra dirección, amén del placer que produce saborear argumentos y contra argumentos condimentados con gotas de adrenalina y concesión. Me he sentido directamente atacada y, por qué no reconocerlo, incomprendida. Entiendo su reacción ante las palabras de mi anterior mensaje. ¿Qué podía esperar de usted tras mi ataque? Buscaba empatía, pero ofrecí un fruto envuelto en piel amarga.
Librada de su corteza la fruta que hoy he recibido, encuentro en sus palabras una idea que intuyo de interés: “La sexualidad, hoy en día, ha adelantado al amor. No reniego del amor, solo lo resitúo”. ¿Existe una competición entre sexo y amor? ¿En qué aspectos uno puede adelantar al otro? ¿En qué grado divergen o convergen? Cuando el niño nace recibe amor, y éste sigue siendo el elemento fundamental que alimenta su equilibrio emocional, autoestima y habilidad social durante largos años. En la adolescencia aparece el sexo ofreciendo una bifurcación en el camino. Es entonces cuando muchos se mueven respondiendo a impulsos sexuales y otros muchos se mueven gobernados por el amor ciego. Las reglas de la sociedad ponen algunos semáforos y señales de stop y ceda el paso. En las encrucijadas de amor y sexo, las personas caen en el enamoramiento y, si están en edad propicia, formalizan una unión pasando por la iglesia o el ayuntamiento. Al final, cada ser adulto termina forjándose según los distintos viajeros que se ha topado en su camino.

Arena de Mar

11 de Abril de 2012




Correo enviado. Estoy tranquila pese a que se me ha hecho tarde. Subo el volumen de la música,  cierro el ordenador y dejo correr el agua de la ducha mientras selecciono una camiseta y una falda del armario. El agua está caliente, me agrada su golpe en el cuerpo, el aroma del gel invade el recinto, lo extiendo suavemente con la mano pasando por cada hendidura. A la cabellera le reservo una dosis especial de acondicionador que la deja sedosa y brillante. Canto con la música, disfruto haciéndolo. Descuelgo el difusor de la ducha y lo utilizo a modo de micrófono, interpreto un solo magnífico, el rock siempre me ha gustado bajo el agua. Sigo utilizando el difusor para aclararme y siento bajo su paso el dulce roce de la lluvia caliente. Cuando llega a mi intimidad paro y me recreo con las sensaciones que despierta. Cierro los ojos, el canto se vuelve gemido.


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