MAIL ARENA (pgs 12, 13 y 14)
Estimado señor Termidor:
Agradezco la atención que ha dedicado a mi
correo aun a sabiendas de la distancia que separa nuestra respectiva visión de
la mujer. Si bien es cierto que Arena es mi sobrenombre, no lo es tanto el que
seamos del todo desconocidos. Permítame por ello que no me considere un alma
anónima, sino alguien que desde la lejanía comparte con usted el aquí y ahora
que hemos elegido vivir.
Ha vencido usted al miedo. Yo, sin embargo,
he mantenido el miedo vivo a lo largo de toda mi vida. Temor a que me
castigaran de niña en el colegio, terror a las culebras que guardaba mi hermano
en un bote de cristal, pavor a las inyecciones que todo lo curaban y pánico a
quedarme sola por la noche en mi cuarto. Cuando crecí, maduró conmigo el miedo
evolucionando paralelo a mí. El temor en el colegio se reubicó en la
universidad y posteriormente en el trabajo, alimentado por un jefe siempre
colérico, un presupuesto inalcanzable y la sombra del paro acechando en el
exterior. El terror a las culebras pasó a focalizar otros seres más
tangiblemente peligrosos, como los motoristas en los pasos de cebra, los curas
en el confesionario y mi padre, siempre mi padre, con la tabla de sus diez
mandamientos en la mano. El pavor a las inyecciones cambió al pánico por sufrir
un cáncer como el que acababa de arrebatar la vida de uno de mis mejores
amigos. Ausencia, dolor, tristeza. Y de nuevo pánico a quedarme sola por la
noche en mi cama.
Es usted franco. Yo, sin embargo, he mentido
en muchas ocasiones a lo largo de mi vida. Inventé excusas de niña para que no
me castigaran, falsifiqué la firma de mi padre para justificar un día de
ausencia en el instituto, feliz día de libertad en el que conocí un hombre, o
más bien un muchacho torpe en el sexo pero generoso de amor. He fingido
orgasmos, burlado normas, enredado historias, liado vidas. Armas de lucha
válidas para sobrevivir en mi selva. No me enorgullezco de ello, pero tampoco
me arrepiento de ninguna, salvo de haberme mentido a mí misma. Me mentí cuando
decidí que mi vocación era estudiar Derecho, cuando me repetía que la
dedicación a mi familia sustituía todos mis placeres anteriores, bailar hasta
el amanecer, acudir a la tertulia de los jueves, sudar en el gimnasio, llorar
en el cine, soñar con un libro. Y sobre todo, me mentí cuando insistía en que
era feliz junto al hombre que nunca debería haber existido para mí.
Permítame estar en desacuerdo con el estilo
grosero de su carta. Mucho podríamos debatir sobre su contenido, porque las
visiones externas siempre nos enriquecen en una u otra dirección, amén del
placer que produce saborear argumentos y contra argumentos condimentados con
gotas de adrenalina y concesión. Me he sentido directamente atacada y, por qué
no reconocerlo, incomprendida. Entiendo su reacción ante las palabras de mi
anterior mensaje. ¿Qué podía esperar de usted tras mi ataque? Buscaba empatía,
pero ofrecí un fruto envuelto en piel amarga.
Librada de su corteza la fruta que hoy he
recibido, encuentro en sus palabras una idea que intuyo de interés: “La
sexualidad, hoy en día, ha adelantado al amor. No reniego del amor, solo lo
resitúo”. ¿Existe una competición entre sexo y amor? ¿En qué aspectos uno puede
adelantar al otro? ¿En qué grado divergen o convergen? Cuando el niño nace recibe
amor, y éste sigue siendo el elemento fundamental que alimenta su equilibrio
emocional, autoestima y habilidad social durante largos años. En la
adolescencia aparece el sexo ofreciendo una bifurcación en el camino. Es
entonces cuando muchos se mueven respondiendo a impulsos sexuales y otros
muchos se mueven gobernados por el amor ciego. Las reglas de la sociedad ponen
algunos semáforos y señales de stop y ceda el paso. En las encrucijadas de amor
y sexo, las personas caen en el enamoramiento y, si están en edad propicia,
formalizan una unión pasando por la iglesia o el ayuntamiento. Al final, cada
ser adulto termina forjándose según los distintos viajeros que se ha topado en
su camino.
Arena de Mar
11 de
Abril de 2012
Correo
enviado. Estoy tranquila pese a que se me ha hecho tarde. Subo el volumen de la
música, cierro el ordenador y dejo
correr el agua de la ducha mientras selecciono una camiseta y una falda del
armario. El agua está caliente, me agrada su golpe en el cuerpo, el aroma del gel
invade el recinto, lo extiendo suavemente con la mano pasando por cada
hendidura. A la cabellera le reservo una dosis especial de acondicionador que
la deja sedosa y brillante. Canto con la música, disfruto haciéndolo. Descuelgo
el difusor de la ducha y lo utilizo a modo de micrófono, interpreto un solo
magnífico, el rock siempre me ha gustado bajo el agua. Sigo utilizando el
difusor para aclararme y siento bajo su paso el dulce roce de la lluvia
caliente. Cuando llega a mi intimidad paro y me recreo con las sensaciones que
despierta. Cierro los ojos, el canto se vuelve gemido.

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