ANDREU (pgs 25 y 26)
Sábado.
Estoy en la tienda, bastante aburrido. Javier se acaba de ir. Son las seis de
la tarde y solo hay un cliente. Es un chaval, seguramente menor de edad pero
podría no serlo. Como todavía no ha comprado nada no le he pedido el carnet.
Está en la estantería de revistas, probablemente recolectando imágenes para un
alivio posterior.
Hace
poco que se fue una abuela que ya andaría por los sesenta. No es frecuente ver
a mujeres por aquí, y menos de esa edad. Para nada estaba cortada. Se movía con
naturalidad entre los expositores y pasillos. Pasó un buen rato analizando un
consolador que ofertamos como la joya de la corona. Tiene música y luz
incorporada. Lo de la música pase, pero lo de la luz no acabo de entenderlo.
Ya me
he acostumbrado a trabajar en sábado. No vengo de mal humor, de nada me
serviría. Es una tarea poco exigente y me deja tiempo para pensar en mis cosas.
Tengo una libreta de anillas, de las de antes, con tapas azules, en la que voy
apuntando ideas y pensamientos. No son lo mismo, les diferencia el que un
pensamiento puede permitirse el ser inútil.
Voy a
aprovechar para apuntarme unas cuantas cosas que quiero decirle a Arena.
Sí, me
ha contestado.
Ha sido
un correo corto en el que solo se ha centrado en lo que le dije del miedo a
enamorarme.
En
cierto modo me ha jodido, pues me resultaba muy cómodo el ir contestando a las
distintas afirmaciones que ella iba escribiendo. Para una aportación nueva que
se me ocurre realizar, va y se focaliza exclusivamente en ella. Tengo dos
opciones: Hacerme fuerte y profundizar o abrir otros campos de discusión.
Si opto
por la primera, tocaré las diferencias entre amor y enamoramiento, así como la
individualidad y la dualidad de estos conceptos. De no hacerlo, puedo volver al
origen, a su primer correo, y abrir un debate que, en su momento, le negué.
¡Joder, estoy empezando a pensar igual de pijo que Javier! Para esta respuesta
no le necesito.
Por
cierto, la señora se compró el consolador. Esta noche su coño va a parecer una
feria.

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