sábado, 17 de diciembre de 2016

ARENA (pgs 30, 31, 32, 33 y 34)

Hoy toca reunión con las chicas en el bar de Charly. Almudena y Lucía han sido las primeras en llegar. Dori siempre es la última, unas veces porque le toca tener a los niños en casa, otras porque pasea al perrito de su madre y otras muchas por razones que no consigo recordar.
-       Ayer Almudena volvió a salir con Piolín – Delató Lucía en cuanto me vio llegar.
Ese era el apelativo que Lucía había decidido poner a un joven bohemio que Almudena había conocido en la inauguración de la exposición de pintura de un amigo común. El único “pero” que se le podría poner a aquel hombre es que es veinte años menor que ella, cosa que Lucía no le perdonaba. Almudena era una mujer de cincuenta años que aún poseía la apariencia y energía de años atrás. Desde su divorcio, había salido con muchos hombres, la mayoría treintañeros dedicados a alguna actividad física: moteros, futbolistas, bailarines, hubo también un paracaidista, dos militares y un equilibrista. El tal Piolín le daba más bien al arte y le había dedicado ya varios cuadros pintados sobre su piel. Belleza efímera que solía sucumbir a la pasión desenfrenada que se desataba entre el pintor y su musa.
-       Pues ya sabéis – les dije -  quien con niños se acuesta, “meao” se levanta, jajaja.
-       Sois unas brujas las dos. He de confesar que tuve que invertir tiempo en mostrarle puntos y ayudarle a desarrollar habilidades, pero ahora se ha convertido en un experto el “jodío” y sabe aguantar y mantenerme donde a mí me gusta.
-       ¡Vaya! Ya salió el lado zorril de Almudena. Está por llegar el día en que nos digas que has disfrutado de un plácido paseo con alguien que no te has llevado a la cama – Lucía era mucho más hogareña. En los dos últimos años había dado con un brasileño que le llevaba el desayuno a la cama y le dedicaba frases bonitas, pero que, a la vez, le dejaba la visa tiritando cuando menos se lo esperaba.
-       Ya veo que os habéis vuelto a enzarzar – Era la voz de Dori, que se acercaba a la mesa mientras se desabotonaba la chaqueta.
-       No, si está bien – replicó Lucía – cada una es libre de salir con los críos que quiera, pero que luego no venga llorando cuando éste vaya tras una universitaria más delgada, más tersa, más prieta y mucho más joven.
Dori se sentó, pidió una taza de chocolate caliente y me preguntó:
-       ¿Has hablado ya de tu hombre misterioso?
Almudena y Lucía me acorralaron.
-       ¿Qué hombre? ¿Tienes un romance y ni siquiera lo has mencionado por encima?
-       No tengo ningún romance ¿Por qué dices que hay un hombre misterioso? ¿De dónde te has sacado semejante historia?
-       Uy, uy, uy – reía Dori – que hemos dado en el clavo. Desde el momento en que lo guardas sólo para ti, es el hombre más misterioso para nosotras.
-       No he salido con nadie nuevo en las últimas dos semanas.
-       Pues parece que Jorge ha visto otra cosa…
-       ¿Se puede saber qué te ha contado ese cotilla?
-       Nada. He de reconocer que es un perro fiel. No conseguí sacarle ningún detalle, salvo que estaba delante cuando recibiste un mensaje suyo.
-       ¡Bingo! – gritaron las otras dos - ¡El hombre misterioso existe y además mantiene una relación a través de internet! Ahora no tienes más remedio que cantar.
-       Jamás he visto distorsionar tanto los hechos. Se trata de un conferenciante de tres al cuarto, que va de sobrado por la vida pensando que las mujeres somos ciudadanos de segunda. Me tocó la fibra sensible y no pude evitar escribirle.
-       ¿Y lo hiciste por correo electrónico?
-       Sí.
-       ¿Y después?
-       No hay después.
-       ¿No habéis quedado?
-       No.
-       ¿Y desde cuándo te interesan las relaciones epistolares?
-       ¿Y desde cuándo tengo yo que dar explicaciones sobre lo que digo, hago o escribo?
-       Está bien, chicas - Lucía decidió dar un cambio de rumbo abriendo la puerta de las confidencias – Creo que ha llegado el momento de la rueda de las confesiones. Empiezas tú, Dori, por haber sido la última en llegar. ¿Qué ha sido lo más inconfesable que te ha ocurrido en estas dos semanas?
Dori apuró el chocolate, se secó los labios, miró a sus amigas y comenzó – El lunes nos citaron en el colegio a mi ex y a mí para hablar sobre nuestra hija de doce años. Parece que tiene problemas de relación en clase. Estuvimos casi una hora con la tutora y después nos fuimos a tomar un café para concretar algunos de los detalles del plan que nos había diseñado la profesora. Pues bien, me las ingenié para introducir un tanga en el bolsillo del pantalón de Felipe. Me encantaría ver la cara de gilipollas que se le va a poner cuando lo encuentre su Barbie pelirroja y se acerque con el tanga colgado del dedo índice, moviéndolo como un péndulo, “Darliiing, ¿me puedes decir qué significa esto?”
-       Ja, ja, ja. Eres diabólica. Un bravo por Dori. Lucía, ahora te toca a ti.
La dulce amada del brasileño apoyó las dos manos sobre la mesa inclinando ligeramente su cuerpo hacia delante – El sábado pasado por la noche pillé a mi amorcito en el salón viendo un canal porno. Estaba en plena faena, me senté en el suelo detrás de su sillón. En su momento cumbre le dediqué un gran alarido de hembra en celo. ¡Se llevó un susto de muerte! A mí me dio un ataque de risa y me entró hipo. Tuve que salir corriendo antes de que tomara represalias.
-       Ja, ja, ja. Tú tampoco te quedas corta. Un bravo por Lucía. Almudena, ahora vas tú.
-       Bueno, yo no le he hecho ninguna putadita a nadie. El sábado salí con un cantante de ópera que hacía tiempo que no veía. Estaba en la ciudad por unos días y me invitó a cenar. Luego fuimos a su hotel y se empeñó en que cantáramos una de sus arias favoritas. Acompañados por la música de fondo de un CD, proferimos una verbena de graves y agudos más o menos afinados. Más por su parte y menos por la mía. Lo increíble fue entonar los orgasmos con la música. Totalmente desinhibidos, deleitamos a nuestro público con los más desgarradores tonos de pasión. Los aplausos no se hicieron esperar. Unos golpes insistentes en la pared del cabecero de la cama, que debía ser la misma pared del cabecero de otra cama donde alguien pretendía dormir.
-       Ja, ja, ja. Apuesto a que a la mañana siguiente estabas afónica. Bueno, y ahora voy yo. Siento poner fin a una rueda de risas. Yo estoy descentrada desde que se cruzó este hombre en mi vida. Se llama Andreu y me produce rechazo y atracción a la vez. Muchas ideas asaltan mi cabeza, me sorprendo pensando en él en los momentos más inesperados. Busco una razón para seguir y una razón para no seguir. No estoy disfrutando, pero si no continuo la desazón es mayor. Tampoco estoy segura de ser lo suficientemente fuerte para abordar esta historia, aunque sé que cuento con vosotras para recoger los pedacitos de un corazón roto, si llegara el caso.
-       Se acabaron los dramatismos – zanjó Almudena – un poco de internet puede ser lo más real o lo más irreal que uno quiera mostrar. Tienes el botón de guardar y también el de eliminar, no lo olvides, y, por supuesto, nos tienes a nosotras para apoyarte y para dar su merecido a ese Andreu, y algo me dice que disfrutaríamos haciéndolo. ¡Venga un abrazo!

Unas horas después, estaba a solas frente al ordenador.

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